lunes, 21 de marzo de 2011



Saludos. Dos besos. Cómo te ha crecido el pelo. No sabía si tenía que traer algo. Anda, pasa. Veo que te has arreglado para mí. Jajá ¿qué esperabas?

Vestido con un pijama barra chándal, parece más alto aún si cabe. Le miro las pantuflas por si son de esas que llevan una cuña y un pompón (en color rosa). Pero no. Me dejo conducir al salón. Apaga la tele. Enciende el portátil. ¿Te apetece una infusión? Y si, claro, me apetece.

La bolsita de té tiene dos cordones y se escurre sola al tirar de ellos en direcciones opuestas, lo cual me parece fascinante. Me recuerda a esas cometas que hay que volar con las dos manos. De pronto quiero una.

¿Pero tú no tenías ya un blog? Sí, pero era uno de esos en plan intimista donde cuentas que has tenido un mal día en la oficina y no te molestas en poner acentos. ¿Y este nuevo cómo va a ser? No sé. En realidad puede que solo se trate de que si alguien busca “Cora Villanueva” en Google aparezca algo más que fotos mías enseñando el culo. Risas. (No hay tales fotos.)

Enséñame que has traído escrito. No, si no he traído nada. ¿No? ¿Pero cómo quieres que creemos un blog sin entradas? Seguro que no se puede.

Pero se puede. Otra cosa es que se deba. Lo que ocurre es que después cuando intentas encontrarlo a través de un buscador no aparece por ninguna parte. Lo cual es lógico porque un blog sin contenido es tan inquietante como una embarazada en una película de terror.

Naufragamos en la sopa de HTML del diseñador de plantillas. Y después sufrimos los rigores del Photoshop. Me como dos huevos duros. Hablo sin parar porque estoy nerviosa. Cuento lo del sueño aquel en el cual me enrollaba con mi exjefe, pero no era enrollarse exactamente porque a su alrededor había un campo de fuerza que me impedía acercarme a menos de un palmo, pero estaba bien porque el campo de fuerza sabía a algodón dulce.

Él me mira como si me viera por primera vez. Cora, cariño, tienes que dejar esa dieta. Pues puede ser.

En la cabecera quiero poner detrás del título, una vista de Madrid, un zapato de tacón, una barra de labios… Claro, claro, ¿Y por qué no también un avión, un barreño, un árbol milenario…?

Me lo replanteo. Bueno, vale, menos es más. Nos lleva cuatro horas y toda clase de contorsiones en el sofá que es muy cómodo para no hacer nada pero un instrumento de tortura si pretendes hacer algo mientras estás sentado en él.

Bueno, me marcho. Oye, muchas gracias. Escribe. Que sí que escribo. Si no, dejo de ser seguidor tuyo ¿eh? Jajá. Nos vemos. Te llamo. No, ya te llamo yo y te cuento como me va el martes. Genial, oye cuídate. Claro. Venga adiós.

Y me quedo sola mirando mi reflejo en el espejo del ascensor intentado pensar algo trascendente que pueda ser un punto de partida para mi primera entrada. Pero no puedo concentrarme porque tengo hambre. Y porque tengo la sensación de que me he dejado cosas por decirte.

Pero sobre todo porque tengo mucha hambre.

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